ANTÓN

Si la belleza de un gato tuviera nombre, sería el suyo. Joven, hermoso, grande, cálido, encantador. Le gustan los gatos, se lleva muy bien con todos ellos, no pone ningún problema porque la compañía felina es su favorita, aunque pocos o ningún asco hace a una caricia humana, es un mimoso empedernido.
Quién no se merece más que desprecio y dolor, le dejó abandonado en un parque hace unos meses, en una bolsa deportiva de plástico, a pleno sol y al lado de una autopista. Cuando le rescatamos y pasó su visita veterinaria, dedujimos la razón. Antón tenía cálculos y probablemente meara por la casa. ¿Para qué llevarle al veterinario?, ¿para qué pienso que corrigiera ese simple problema?. No, mejor el abandono.

En lugar de devolver lo recibido de los humanos, Antón se nos desparramó croqueta tras croqueta, amor y más amor.
Tuvo su oportunidad, fue adoptado por una familia cuyo compromiso duró muy poco, por desgracia para todos. Poco después de adaptarse a su casa, ya sobraba y nos fue devuelto. No se atendieron sus necesidades más básicas, se le daba pienso del peor, con lo que su analítica empeoró hasta hacer imprescindible un tratamiento específico para sus problemas de riñón.
Vive tranquilo, feliz, pero muy solo, aunque con compañía de su amiga Nora, una tricolor espectacular que le adora. Es ella quién le lava, quién le consiente y quién más le quiere, aunque, ya digo, se lleva muy bien con todos los gatos, con los que no duda en corretear y jugar siempre que se tercie.
QUIERO APADRINAR A ANTÓN
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